ARTÍCULO DE PRENSA APARECIDO EN EL “MUNDO-EL DÍA DE BALEARES” el día 18 de julio de 2001

ARTÍCULO LITERARIO

DIARIO DE UN POP

VAMPIROS DE VERANO

Doy comienzo a este diario que intenta ser un cuaderno de verano para estas hojas culturales del periódico, UVE, que en estos días se han iniciado. Supongo que aquí dentro puede caber de todo, desde el kermesse social, el apunte cultural, el puntillazo político hasta el chapuzón sportivo. Todo desde la crónica periodística y desde mis días de escritor pop y prozac. Siempre he pensado que el periodismo y la literatura pueden dar mucho juego en la prensa escrita. A los que amamos profundamente la literatura ya no nos queda otra salida que el periódico y el billar americano. De modo que este verano pienso escribir aquí la rosa lenta de los días, con sus azules y sus avemarías. Vivir en Mallorca es algo así como perder el tiempo en el agua. En estos meses de estío Mallorca es una plaza romana donde quien más quien menos sólo aspira a una cruz campo. Entre Alan Tournier y una política socialdemócrata, esta isla, en estos juliazos del sol, únicamente quiere ser una convocatoria de banqueros maduros y muchachas surrealistas. Aquí, como a Ibiza o a las playas de Túnez, se viene a violentar el cuerpo y a descubrir la lírica. Mallorca ha empezado julio con la coctelera de los festivales. El festival de Pollença y aquellas tres noches mágicas de Isladencanta. No he podido ir a Jordi Savall, pero sí que escuché la voz protosexual de Alison Goldfrapp. Creo que Esporlas, en estas últimas noches de encantamiento, ha sido la mejor inyección de hielo para los que amamos la música, la noche y las mujeres francesas. Enhorabuena a Toni Pla, porque ha hecho de Mallorca la mejor novela del verano, internacional, rubia y renacentista.

Anoche he estado leyendo hasta tarde a Pepa Roma, “Jaque a la globalización”, y he pensado que el mundo es demasiado horrible y raro y loco, pero cambiable, futuro, posible. Sigo creyendo con Lorca que la vida no es noble, ni buena, ni sagrada, pero, qué demontre, hoy he saltado de la cama y de repente entre las manos se me ha abierto la constelación.

Mañana voy a ver qué es eso de Pearl Harbour.




ARTÍCULO APARECIDO EN EL PERIÓDICO “EL MUNDO-EL DÍA DE BALEARES” el día 4 de noviembre de 2001

ARTÍCULO POLÍTICO

ARAFAT Y PERES NO ESCRIBEN POEMAS

El sol, niño y policía de la mañana, despidió al presidente Hosni Mubarak a las puertas del gran hotel de Formentor. Aznar, corbata azul y recién desayunado, abrió la puerta del “Renault Safrane” que llevaría momentos más tarde a la comitiva egipcia hasta el aeropuerto. Adiós, rais, salam. Mallorca en el recuerdo. Aznar y Ana Botella y Piqué se fueron a la terraza del hotel, donde estuvieron largo rato observando el paisaje de Formentor. La gente, políticos, diplomáticos, periodistas, invitados desayunando en la terraza, mientras una luz blanquísima pone azúcar en los cafés. Yo desayuno con Gemma Martín Muñoz, una mujer panislámica cuyas manos me gustan: “Simbólicamente esta cumbre va a ser muy importante”. Un señor de repente pone las manos en la espalda de Gemma: “Hombre, presidente, buenos días” “Me alegro de verte tan guapa”. Aznar, recién desayunado parece un hombre excesivamente simpático. “No, yo soy del MUNDO, hago entrevistas”, “Eso, eso a trabajar que el día se presta”. La mañana se está haciendo de plata y a lo lejos, más allá del mar, se ve Jerusalem, que duerme como una niña herida. Horas de las conferencias. Yasir Arafat y Simon Peres, preside Alfonso Cortina. La sala, trufada de trajes y de pensamientos, es un lugar en el que Oriente Medio va a ser una gran arquitectura de palabras, de mensajes, de propuestas, consejos y mucha artillería invisible. El primero en hablar fue Arafat. Yasir Arafat, voz contundente, traje militar y pañuelo palestino. Una voz la de Arafat que sale por los altavoces de la terraza del hotel y se dispersa por los vientos azules de las montañas. Las gafas de Arafat son unas gafas de mirar procesos de paz, pero ahora están sucias, porque en Belén los tanques de Ariel Sharon siguen violentando el tiempo, los vestidos y las risas de los niños. Arafat apela a la ONU para que arregle Palestina. Arafat apela a Bush y a Blair y al G8 y a China y a Japón, pero por ahora todos éstos están en otra guerra, tirando unas bombitas en las calles de Afganistán. Cuando Arafat ha terminado su discurso le da las dos manos a Simon Peres y es éste el que ahora coge el micrófono y dice la canción. La voz de Peres. Una voz entre oscura, como el traje que lleva, y acatarrada de dolor. Tantos años limándose en el dolor. Tantos años con la voz indefinida, amarga, rota como el agua del caimán. Pero Peres es un hombre de resistencias. Empezó el discurso recordando que ese mismo día, 3 de noviembre, un asesino extremista hebreo acabó con la vida de Isaac Rabin, su inseparable amigo. Fueron unas palabras emotivas y contenidas. Peres contó como él vivió el asesinato de Rabin y cuál era el sueño de Rabin para Israel, una época en que se había entonces iniciado una posible paz con Palestina. “Sharon es el primer líder de la derecha que declara que está a favor de un Estado Palestino, pero es el terrorismo de los extremistas quien lo impide”. “Nosotros no queremos la guerra. No queremos que los palestinos sufran”. Larguísimo pero contundente el discurso de Simon Peres, que terminó con esa frase que ya tantas veces hemos oído: “Hay que volver al proceso de paz”. Para ello hay que retomar el informe Michell y el informe Tennet. Como cuando estaba Bill Clinton en la Casa Blanca.

Después de las conferencias, el sol de Formentor se coló por las ventanas y pinceló de blancura el traje militar de Yaser Arafat. Un pájaro del norte se puso en la mano izquierda de Simon Peres y de repente desapareció. El que desapareció de la cumbre de Formentor fue el líder de la Autoridad Palestina. No habían pasado ni cinco minutos de su conferencia cuando salió por la puerta del hotel y un “Renault” oscuro se lo llevó en silencio, carreteras de Mallorca, algunas por aire llegan incluso hasta Gaza.

La mañana, mujer azul de una Biblia, se había puesto hermosa como un animal de Mesopotamia. Los periodistas, que ya teníamos cuatro crónicas en el costado, nos fuimos al jardín de la luz, donde Simon Peres contestaba preguntas directas, reía con los ojos tan serios y bebía una copita de jerez español. El sol, como un fonema de fuego, le daba en la cara, y las palabras salían limpias y seguras como una piel de los zapatos. Los zapatos de Peres, negros, judíos, laboristas. Se acabó el vino y nos fuimos a Aznar, que estaba dando una rueda de prensa en uno de los salones del hotel. El Presidente, camisa azul y peinado cubista, respondió cuatro preguntas que quizá ya había respondido la noche anterior. Ese es el peligro de las apariciones tan próximas.

Volvimos al jardín, donde ya, como la cumbre estaba decayendo, y estábamos en esas horas en las que es mejor contar uno a uno los árboles del bosque o escribir un poema a la luz de un buen whisky, todos aquellos periodistas internacionales estaban a la remanguillè, esperando, seguro, la hora del almuerzo. Alguien tocó la campana y todos nos fuimos a comer. Mediodía en Formentor. Luces altas como espadas. Blancura en las estatuas. Escaleras tan humanas. Los líderes mundiales prácticamente ya se habían ido. Por la tarde queda alguna mesa redonda, pero los jefes se han ido. Mubarak, Arafat, Peres y Aznar. Allí sólo quedamos grupos de cronistas y reporteros gráficos conectados a máquinas, trabajando para que el reportaje se cueza, se invente, se mande. Mañana estará todo en los periódicos. Mientras tanto, la tarde en Formentor, jugadora de cartas, teje un cielo rojo de azules amarillos. La tarde es una princesa judía sobre una mezquita invisible. Los pinos de Formentor suenan en hebreo y, a lo lejos, un perro mesopotámico pone un pastelito entre la hojarasca.

La cumbre de Formentor ha terminado. Oriente Medio se seguirá levantando cada mañana como si el mundo estuviera todavía por construir. Las ciudades ocupadas, las mezquitas surrealistas, los panes secos de las tiendas. Gaza. Belén. Jerusalem. 3.000 años de historia. Amor.




ARTICULO DE PRENSA APARECIDO EN EL PERIÓDICO “EL MUNDO-EL DÍA DE BALEARES” el día 3 de febrero de 2002

ARTÍCULO SOCIAL

LOS MÚSICOS, PROTAGONISTAS DE LAS CALLES DE PALMA

Palma es una ciudad almendrada de músicos callejeros. Si la música nació en la calle, existe en esta ciudad una juglaría nada cinematográfica que día a día permite que una música en el aire sea la protagonista con que se encuentren caminantes, paseantes y ciudadanos con el pie rascallú. Es esa otra manera de entender la música, es decir, una forma original de descubrir lo musical, sin tener que acudir a los recintos en donde este arte universal suele ser interpretado, escuchado, aplaudido. Músicos ahítos de salones.

En Palma tenemos la oportunidad, únicamente saliendo a la calle, de poder encontrarse con un grupo de músicos, algunos individuales, que siempre, desde una libre elección, van a estar ahí, en una esquina, en una plaza, en un banco de las Ramblas, enfrente de los grandes almacenes, al principio de Olmos, a las puertas de un museo; en definitiva, en algunos rincones de esta ciudad. Sin embargo, habría que dejar claro que es necesario que se rompa esa comparación entre músico callejero y pobre vagabundo que duerme bajo los cartones.

Eso no puede plantear más dudas. Los músicos de la calle tienen su casa y viven como una persona normal, alimentándose de su trabajo y calentándose cuando la noche llega en la pequeña calefacción y en la cama, y al día siguiente, otra vez a la calle, para que la música acabe por convertirse en esa mujer fatal y urbana, pero tierna e inteligente, alta y de ojos verdes como los bosques noruegos. Los ciudadanos somos incluso, en esos momentos, de la música en la calle, un perejil feliz.


La ruta de los trovadores

Hoy he pensado que voy a hacer la ruta de estos trovadores de la ciudad:

Voy por la calle San Miguel, y en la puerta de la Cafetería Capuchino, me encuentro con Johanna, una chilena que toca el violín mientras culpabiliza al frío de fondo de que va a ser imposible esa tarde tocar, porque las yemas de los dedos, y un poncho que no le cubre ni la mitad del cuerpo, y las corcheas que están en huelga por frío, y el violín que pido coñac.

O sea, las canciones de la bella chilena han decidido que mañana el sol padre les pondrá la anfetamina en el corazón. Y será posible el concierto. Johanna tiene los ojos negros y todavía se acuerda de Ámsterdam, cuando todo empezó. “En Ámsterdam sí que me sentía un músico, la gente se paraba y escuchaba y, aparte de dinero, yo lo que andaba buscando era público. Aquí es muy distinto.”

Creo que estuve a punto de decirle a Johanna que los mallorquines somos gente muy especial. “A mí lo que me gusta es tocar y que me escuchen, si nadie se para, es como si la música no existiera”. Quiero decirle a la violinista de Chile que la gente de Palma no se para, pero escucha, vamos que si escucha, escucha a lo largo de todo San Miguel. Hasta que entran a la zapatería de los infantes y una suela de goma pisotea la corchea.

En el edificio museo de la Fundación March, seguimos por San Miguel, un irlandés rubio como la cerveza (copla de la Piquer) tiene una acústica Ibáñez entre las manos. A su lado una caja de zapatos de mujer. One, two, tree. Coño, suena Oasis, “Dont look back in anger”. Me quedo. La voz del rubiales no es que sea la de Nöel Gallagher, pero la canción suena británica y pop. Como soy un tipo que ama el pop británico, les pido más british, pero han decidido cambiar de estilo, y ahora los irlandeses me parece que tocan canciones típicas, católicas y republicanas, en un folclorismo que gusta a la gente que pasea San Miguel. Hay un corrillo, unas pesetillas y hay una señora muy culona que mueve la hipérbole carnal como si dos elefantes se balancearan “sobre la cuerda de una araña, como sabían que no se caían, fueron a llamar a otro elefante”. Muy graciosa la señora. Un culete tan dicharachero.

Llego a la plaza Mayor y aquello ya es como el festival de la OTI. Peruanos y sus tambores. Más peruanos con más tambores. Un poco más esquinados, una chica con una flauta y un señor con un clarinete despliegan música barroca, creo que Mozart. Éstos sí que tienen a su alrededor hombres y mujeres y niños y dos vejetes y una juventud muy sería que escucha sentada en el suelo, porque a lo mejor el concierto va para largo.

Pero, según me contaba una vieja que tuve como amiga, Mozart, Bach, todo el barroco musical, se debe escuchar sentado, ya que sino, como hay tantas notas, si estás de pie, la mayoría se te escapan por debajo de las piernas, mientras que, si practicas una silla, no hay hueco posible y todas se te quedan en el corazón (querida María, qué cursi estabas en la época en que practicamos aquella amistad intelectual).

Salgo de la plaza Mayor, en la cual he dejado a un mimo instalado en un instante. Hay que ver con los mimos, son los únicos capaces de parar el tiempo y conseguir que pasado, presente y futuro rompan no sólo las leyes de la física, sino que sean capaces de explicar el misterio de la vida, porque, si lo decimos con Manrique, ni la vida es un río, ni va al mar, que es el morir, ni nada de nada, Un punto. Un mimo es un punto en un espacio y pare usted de contar. Hay que joderse con los mimos. ¿Será un mimo la eternidad?

He bajado por las escaleras del Principal y ahora voy por Jaime III, donde sé que la juglaría, incluso la clerecía (o sea, señoras que venden libros de UNICEF), tienen allí una calle mediaval. Jaime III, la verdad, no es que sea mediaval, lo que pasa es que por ella transitan millones de palmesanos (quizá más) y los músicos conocen perfectamente que las monedas, en esos pazos, caen como olivas puntiagudas.

Un trompetista. En Jaime III tiene una partitura abierta un trompetista. Creo que hace música clásica norteamericana, pero no estoy seguro. Intento visionar la partitura, pero, vaya podríos, la partitura es una hoja en blanco, sin notas, ni pentagramas, ni música. Sólo una frase: “Tengo que pasar por Mercadota”. Se creerán ustedes que estoy en guasa, pero así ocurrió. Se ve que un trompetista con partitura impone más, e incluso parece más músico, mejor músico, un purista, que diríamos. Aquello me parecía una estafa. “Pasar por Mercadota”. Un tipo que toca a Leonard Berstein no puede estar pensando en comer todo el rato. Cogí, di media vuelta, y enfilé hacia las Ramblas.

Aparte de las flores, las Ramblas también anuncian músicos renacentistas y callejeros. No me está gustando esto de músicos callejeros. Semejan perros, otros animales y hasta turistas japoneses. Quiero llamarlos músicos “beats”, por lo que tienen de novelistas de aquella generación de los 50, Kerouac, Ferlingetti, Cassady (que nunca escribió novela) y los otros.


La chica de las Ramblas

Al lado de las coronas para los muertos (imagino que todavía quedan músicos románticos: romanticismo y muerte), una chica con guitarra acústica, gorro de lana, cazadora vaquera azul, medias oscuras, falda lila de tela hasta las rodillas, está metiendo unos acordes y lleva un control del ritmo fuera de lo común, por lo que decido sentarme en el banco de enfrente y escuchar; mientras, le escudriño todos los detalles: el cambio de los trastes, la manera de rascar cuerdas, cómo apoya la acústica en su rodilla derecha, las medias oscuras finalizando en el muslo, sus ojos, la caída de sus labios, y los gestos de su rostro, que son los que a mí en seguida me adelantan la personalidad de una mujer.

Ya lo tengo claro. Me gusta esa chica. Y es entonces cuando se pone a cantar, muy folck, casi canción de autor, en plan norteamericano y todo eso. Pero la voz. Una voz excesiva, muy armónica, sobrada de afinación, cálida, maravillosa, gloriosa, hostia, lo que acabo de encontrar. Espero a que termine la canción y me acerco. Española. Del Norte. Está en Mallorca desde hace tiempo por alguien le habló de esta isla. Me empiezo a poner pedante con el tema de la música y tal y lo otro y grupos y estilos. Me he dado cuenta que la he cagado. A una chica que canta perfecto no se le puede hacer la pedagogía musical.

Miro de reojo las coronas cementeriales. Palma atardece como un país latinoamericano. Y es cuando, claro, llega el novio de la chica. La caída de sus labios. Oh, nunca. Se han ido hacia el barrio antiguo, calle de Sant Jaume. Yo decido subir por la calle Olmos, porque la tristeza se me vaya muriendo ante el crepúsculo.

Al lado del puesto de las castañas, principio Olmos, me encuentro con los últimos músicos beatniks, cuando la noche ya es un libro romántico de poetas andaluces. Son dos músicos beats. Un teclado de los 70 y una guitarra eléctrica de los 80. Temas suaves, sin demasiado rock, porque, imagino, la gente ya va de vuelta a casa y el rock es para cuando la gente está yendo a los sitios.

“¿Por qué tocáis tan bajito y temas dulzones?”. “Porque es la única forma de que la gente se pare en las castañas y en las sobras siempre caen diez o quien o veinte duros”. Vaya con los músicos beatniks. Pícaros como Estebanillos. Lazarescos y quevedianos. Picaresca del XXI.



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