Biografia


























Emilio Arnao nace en Palma de Mallorca el 25 de octubre (como Picasso) de 1966. Vive en un barrio obrero alejado de la gran ciudad; allí realiza sus primeros juegos y descubre en el colegio su primer amor: Isabel Sánchez Bestard. Desafortunadamente la evolución económica de su familia hace que se trasladen a Palma y que el amor salte por las ventanas. Su padre Emilio Arnao es funcionario de la Banda de Música de la ciudad y de la Orquesta Sinfónica y su madre Josefina Sáez se dedica a que la casa tire para adelante. La familia proviene de la Valencia castellana, por lo que el idioma siempre será el castellano, hecho que a Arnao en repetidas ocasiones se le reprochará.

Ya en Palma estudia en el colegio Miquel Costa i Llobera, en el cual se enamorará de su profesora de Historia. Sacará hacia adelante la entonces E.G.B con excelentes notas (todo sobresaliente) siendo así sus amistades los compañeros de deporte del club de Fútbol Camp Redó, por el cual al destacar como centrocampista será fichado por un equipo de élite a cambio de pagarle los estudios en un colegio privado: el CIDE (Centro Internacional de Educación). Allí se hará mayor, pues compaginará el deporte con la enseñanza y descubrirá la adolescencia y nuevamente el amor: Mandy.

Allí en el Cide es donde se encontrará con un profesor de literatura que cambiará por completo su vida: Miguel Massot, pues teniéndolo en 2º de Bup y en Cou se dará cuenta que las letras iban a formar parte de él para el resto de su vida. Miguel Massot tenía el carácter propio del profesor con vocación, del profesor capaz de transmutar el espíritu de sus alumnos, con su pasión, sus anécdotas, su voz profesoral, su dominio total de la literatura. Fue allí en Cou, con 16 años, donde Emilio Arnao empezó a escribir sus primeros versos y a leer compulsivamente. Leyó a Carmen Laforet, a Rafael Sánchez Ferlosio, a Kafka, a Faulkner, a los del 27, etc. Todo por culpa de aquel profesor con gafas que cuando Arnao llegaba tarde a las clases sólo le decía: “Emili, anda, seu”.

Otro profesor que marcó la educación de Arnao en el Cide fue Bernardo Monterrubio (cuyo hijo luego lo tendría como profesor en la universidad). Monterrubio era el típico profesor pausado, inteligente, risueño, a vueltas de todo. Con este caballero de la lengua española el poeta aprendió la forma y el fondo de la sintaxis, la acentuación, la ortografía, la gramática, en definitiva, lo que era aprender a escribir sin cometer un solo error, hecho que le sirvió tremendamente cuando años más adelante Arnao empezó a publicar libros. En aquellos años, el ya joven poeta (todavía no había descubierto a Rimbaud) se pelaba las clases de Religión, de EATP y de Inglés. Prefería escaparse con los peladores con sus motos Vespas 75 primavera a beber cerveza por los parques de la ciudad.

Acabado el bachillerato, la duda estaba entre estudiar Magisterio o Filología Hispánica. Afortunadamente optó por lo último y se decidió a engrosar las largas listas de matrículas de la entonces recién estrenada Facultad de Filosofía y Letras. Estábamos en el año 1985 y la Universitat de les Illes Balears iniciaba su largo proceso de normalización lingüística, hecho que a Arnao lo pilló descolocado. El café de la Facultad era demasiado bello y el poeta vislumbró allí reuniones literarias y encuentros poéticos, a la vez que el desarrollo de sus estudios. Pronto se dio cuenta que sus compañeros de clase nada tenían que ver con la pasión literaria, sino con cubrir el expediente, sacarse la carrera como pudiesen y largarse de allí con el cuatro latas.

En la carrera hizo buenos amigos. Aparte del mismo hecho universitario, nada reivindicativo, ni política ni culturalmente, cayeron noches de juerga, sobretodo los jueves que iniciaron en el poeta una vida bohemia que le empezó a entusiasmar y a no poder dejar de prescindir de ella, porque aquello también era la literatura.
En la universidad conoció a profundos profesores que con el tiempo fueron grandes amigos, como Francisco Díaz de Castro, Perfecto Cuadrado, Toni Bernat, etc. Perfecto Cuadrado, gran amante de la poesía moderna y portuguesa y vanguardista le presentaría, algunos libros, lo mismo que Francisco Díaz de Castro, quien además sería lanzados los años el director de su tesis doctoral. La universidad la acabó en cinco años y los últimos años fueron muy positivos en relación con los resultados académicos. Con Perfecto Cuadrado sacó un sobresaliente por sólo entregar un trabajo sobre el “enfant terrible” Arthur Rimbaud. Perfecto era maravilloso impartiendo sus clases de “Estética y literatura moderna”. Sencillamente se aprendía sobremanera de tan sólo escucharlo, sin coger apuntes ni nada parecido, sólo afinando el oído. Con él aprendió el siglo XIX y el siglo XX.

Aunque todo hay que decirlo donde Arnao aprendió de verdad literatura fue lejos de la universidad, es decir, en la calle, en las librerías, en las vinerías, en la mesa de madera de su casa. Una luz lleva a otra luz. Y autor que leía le llevaba a otro autor. Todo empezó con Rimbaud. Veamos:

En un verano en que el poeta trabaja en Ibiza para ganar su dinerillo, para poder pagarse la matrícula de la universidad y sus libros y sus cervezas, su madre se puso enferma. Al volver a Mallorca, una mañana se despertó con un libro amarillo en la cabecera de su cama. Había sido su hermana que le había regalado un libro que rezaba: “Vida y obra de Arthur Rimbaud”. Arnao no sabía de quien se trataba aquel escritor, pero aquel día lluvioso, en la cama misma, empezó a leerlo; cuál fue su sorpresa que aquel joven de dieciséis años le estaba conmocionando de tal manera que no pudo por menos que no abandonar el libro en toda la mañana, quedando estupefacto con aquellos poemas tan inquietantes y tan lumínicos, por no decir surrealistas, y sobretodo quedó emocionado por la vida de aquel muchacho tan semisalvaje. Desde entonces la vida de Arnao ha ido ensamblada a la vida de Arthur Rimbaud, conociendo sus amigos el hecho y sirviendo la situación en algún caso para la broma.

 

Pero decíamos que donde aprendió verdadera literatura fue en las librerías. Arnao se hizo romántico: Victor Hugo, Byron, Shelley, Keats, Novalis, Fitche, Goethe, “Sturm & Drung”, Hegel, y tantos otros, leyó a los malditos, Verlaine, Láutremont, Laforgue, al parnasianismo, todo el simbolismo, Baudelaire, la poesía ebria de la generación beat, todo el novelismo español de posguerra, es decir, un buen corralón de autores que le llevaron a creer (como decía Umbral) que, efectivamente, la literatura era la vida, o al revés.

Acabada la carrera, y con un buen bagaje literario, lo llamaron a filas, donde perdió completamente el tiempo. Como le gustaba escribir, buscó la picaresca de redactar textos a la patria en la revista del cuartel a cambio de días de permiso, que eran abundantes, y de este modo podía irse a ver a la novia, que la tenía en Valencia: I, mujer que había conocido en Requena hacía unos años, en las fiestas del pueblo. Requena era el lugar donde veraneaba todos los meses de agosto con la familia, y aún lo sigue haciendo.

Después de la mili, en la cual se sintió como un pobre hombre reducido a la búsqueda del tiempo perdido, enamorado y con ganas de probar otras tierras, marchó a Valencia, donde trabajó para el periódico “Levante-EMV”, como corrector de pruebas. Aquellos dos años en que duró la relación con I fueron realmente felices, pues lo recorrieron todo, cines, cenas, parques, viajes, lluvia, amor, etc., pero se rompió el acto quien sabe si por orgullo, por vanidad o por falta de madurez, pero jamás por cansancio o por falta de amor. Rotos los sentimientos y expulsado del trabajo, vuelve a Mallorca, donde escribe una novela: “El Starlux del manicomio”, un texto donde desarrolla emocionalmente lo ocurrido en los últimos meses junto a I. Decide buscar trabajo.

Lo llaman una mañana de septiembre de 1993 del colegio de curas privado San Cayetano para impartir clases de Lengua y Literatura españolas. El comienzo fue desastroso, pues era la primera vez que daba clases a alumnos de bachillerato, pero poco a poco y año tras año fue ganándose al alumnado, porque Arnao tenía una forma diferente de enseñar y de conseguir que los estudiantes se interesaran por la literatura. Así pasaron los años, sin ningún problema con la dirección (un cura por supuesto), hasta que en diciembre de 1999 lo llamaron (ante su sorpresa) de administración para indicarle que le rescindían el contrato. Quiso hablar con el director y éste le conminó a que al día siguiente no volviera. Claro, el día siguiente era el último día antes de las fiestas de Navidad, y el cura no quería ningún escándalo, pero Arnao se presentó. Cuando los estudiantes se fueron enterando de que el profesor que durante tantos años les había enseñado no sólo literatura sino el modo y la manera de cómo comprender el mundo, la vida, la lluvia, el amor, abandonaron las clases y colapsaron los pasillos y todas las zonas del colegio de curas, gritando frases como: “Fascistas”, “Emilio no se va” “Empresarios”. Intentaron avisar a la policía, pero Arnao pidió a sus alumnos que le dejaran ir, que ya arreglaría el asunto según magistratura. Le hicieron un pasillo y le aplaudieron. Mientras se dirigía a su auto, todos los alumnos le siguieron. Ya en el coche se dirigió a ellos con unas emotivas palabras y fue mientras ya iba conduciendo, al ver a los estudiantes que quedaban atrás, cuando al poeta le pudo el llanto. Pero los jóvenes no volvieron a sus aulas sino que se declararon en huelga y se fueron a los medios de comunicación a denunciar el hecho, y al día siguiente todo salió en los periódicos, algunos en primera página. Aquellas navidades de 1999-2000 en Palma no hubo otro debate sino el del profesor expulsado del San Cayetano.

Una vez ocurrido todo (Arnao fue a por el despido improcedente, pero luego lo dejó, cogió el dinero, bastante más del que le ofrecían en principio los curas), el poeta al verse sin clases y sin trabajo, entró en depresión. Echó currículums por todas partes, academias, periódicos, colegios, pero no había manera, no había trabajo, y por otra parte no salía la escritura, hasta que se le ocurrió contar en un libro toda su experiencia como docente en aquel colegio de curas. El resultado fue “La literatura a les aules”

Con el tiempo se apuntó como interino al equipo docente de la conselleria de educació i cultura de les Illes Balears, con tan buena fortuna que en seguida le salió una plaza en el lejano lugar de Capdepera. Al año siguiente dio clases en S’Arenal, luego en Manacor, más tarde en Campos y en este momentos está impartiendo enseñanza pública, junto a un compañero de toda la vida, que le hace de jefe de departamento, Pep March, en Esporlas, pero si algo no ha dejado de hacer en estos azarosos años ha sido escribir y leer, sobretodo rodearse de versos, pues aunque tenga, entre novelas, ensayos y libros de poemas unos doce libros publicados, su obra inédita es inmensa, como inmenso es el mar de Mallorca, tierra que ama como una casida de Federico García Lorca.


<-- Atrás