POEMAS DE AMOR Y VÉRTIGO
El Paisaje ediciones
1991


 

“Los Poemas de Amor y Vertigo” fue el primer libro que Emilio Arnao publicó, allá por el año 1991. Para él este libro significa un trofeo especial, pues es el primer hijo, y todavía recuerda cómo recibió aquellos primeros ejemplares en su casa de Valencia, como si fueran un Potosí; abrió la caja en que venían envueltos, los tocó, los olió y empezó a leer en letra impresa todos aquellos versos que meses atrás sencillamente estaban en cuartillas a máquina de escribir: toda una convulsión física y espiritual. El primer libro publicado es algo grande, luego los demás ya vienen como en una dinámica de costumbre, el gusto te dura un rato, un minuto, un instante, pero el primer libro permanece un siglo en tu corazón.

“Los Poemas de Amor y Vértigo” no es que sean poemas de amor sino que son poemas de luz de apasionado amor, el amor que sentía entonces el poeta por Inma, su novia de Valencia, a la vez que el vértigo de perderla o de las sombras del doloroso ir y venir de las emociones desencontradas. El amor es vértigo porque duele cuando chorrea inquietud, tristeza, desesperanza, lucha de caracteres, lejanía, casi final de amor, fuego que no se apaga, cicatriz que no cierra, grifo de agua sucia, pero luego sucede que de tanto amor el amor vuelve y supera con ello hasta la muerte, la vida, el mundo y todo se hace como el pan o la blancura, como el sinfín de las montañas, como los cuerpos mojados bajo la lluvia. “Los Poemas de Amor y Vértigo”, desde esta tendencia subrayan ya los primeros estilos vanguardistas del autor, pues desde los “ismos” intenta expresar la idea de los sentimientos y la angustia a partir de una poesía oscura y hermética, mallarmeana, muy de principios de siglo XX, para dosificar la forma hasta llevarla hacia los carros que se dirigen a ese descontrolado espíritu que es el surrealismo o el creacionismo de Huidobro.

En el mismo libro hay una segunda parte que es otro libro, titulado “El viaje de la azucena y la ceniza”, que parte de un viaje que Arnao realizó a Marruecos cuando tan solo, con mochila y ganas de descubrir mundo, tenía veinte años. Partió desde Algeciras a Tánger, donde llegó una noche de miedo y oscuridad, allí un taxista lo llevó a un hostal y al día siguiente empezó todo. Fue un viaje entre feliz y amargo. No vamos a contar aquí el por qué de la amargura, pero sí diremos que conoció buena parte del país y que en un tren que le llevaba a Marrakech, después de miradas cómplices, pudo besar a una marroquí en los pasillos de los vagones. Fue ahí cuando se le ocurrió la idea de escribir “El viaje de la azucena y la ceniza”, porque hay libros que nacen de un beso.



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