ENTRE LA CARNE Y LA ROSA
Calima Ediciones
2007


 


Emilio Arnao lleva muchos poemas escritos en su vida, pero no tantos como en este libro. Eso no es bueno ni es malo. Lo único que reconoce es que es feliz mientras escribe y eso es lo realmente importante. La poesía no sale del corazón (eso es una insensatez) sino de las manos. El poeta es un orfebre que sólo hace que apuntalar con su pluma lo que su mente le dicta. Automáticamente. La poesía será automática o no será. Desde el momento que pasa por los visillos de la razón, el poema se ha transformado en otra cosa, no se sabe muy bien en qué, pero en otra cosa, quizá en un pez o en un corral o en una tarta de chocolate, pero ha perdido todo atisbo de pureza. La pureza, muy al contrario de lo que los poetas piensan, está en el descubrimiento azul de las palabras, ese calambrazo que da cuando llega una palabra y la haces tuya para siempre porque intuyes que llena un vacío, que se incorpora a un espacio en blanco, y de este modo va tomando cuerpo el poema, hasta quedar construido, como una ciudad nocturna o como una habitación luminosa o un mar en calma o un automóvil en kilómetro 0. El poema es una construcción que saca las palabras de la nevera, silenciosamente, rotundamente, como una nieve, hacia nunca.

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