PROSA INÉDITA

AÑO 2000

3 noviembre, viernes

Hace frío en la calle, las manos ateridas, grietas romas en el alma de un hombre que hoy, 3 de noviembre, empieza a abandonar la juventud. Comienzo este diario con la severa intención de poner mi vida al juego de mi obra. Todo lo que he escrito antes no sé si ya me pertenece. Todo lo que escriba a partir de hoy me va a arrendar la vida hasta la llegada de mi muerte, que espero sea larga y no demasiado lastimosa. Soy un hombre que está cambiando en el preciso instante en que cambiamos de siglo. Tampoco soy tan bellaco para decir que esta transformación deba atenerse a las rigurosas leyes del tiempo. Es pura coincidencia. Por lo menos eso creo. Aunque quizá, en este sentido, todavía no esté plenamente convencido. Mi personalidad, tan indeleble como las costas en que vive el deseo, siempre ha estado arrimada, igual que el escorpión se arrima a la arena, a las furiosos y volubles devaneos del tiempo. No estoy pensando en la fisicidad del tiempo, cruel invento de los antiguos, sino en la dolorosa, alegre, salvaje y vivaz sensación de que, efectivamente, los días, los astros y los años se mueven, con parcial insistencia, dentro de mí. Yo antes creía que todo lo que me ocurría no era más que agua, algo sucio, en casos demasiado transparente, que entraba y salía de mi cuerpo como semilla en raíz que aborda el fruto. Algo casual, tal vez divertido. Ahora empiezo a comprender que mi vida hacia delante no va a ser otra cosa sino la adivinación del tiempo, que huye, que se escapa, que siempre nos transforma. Cambio de siglo. Hombre en perpetuo cambio. Sólo quiero escribir (escribir es verbo intransitivo, dijo Pániker, según Barthes) para separarme lo más que pueda de ese cruel azaque que es la muerte.


(De “El Libro Blanco”)



Aquella mañana, frío en mis manos mediterráneas, yo había tomado un avión de Iberia desde Palma de Mallorca hasta Madrid. Dos horas más tarde un Boing 737 de la misma compañía aérea despegaba del aeropuerto de Barajas rumbo a Ciudad de México. Hacía dos días que había empezado el año 2002 y las noticias de televisión eran las imágenes repetidas en un flasback eléctrico de aquellos guerreros de la Edad Media que se troceaban los cuerpos en las verdes praderas y en las tierras donde el paraíso puso la primera caligrafía sexual, biblícamente, levantando barro y viento, esculpiendo el pecado o el amor.


Otro mundo es posible. Yo iba recordando la frase en el avión, mientras leía un libro de Eduardo Galeano. La antiglobalización es la lluvia espesa que está cayendo sobre el mundo y en no demasiado tiempo anegará las ciudades, hasta que éstas comprendan que todos los hijos que vayan naciendo deben harinarse bellos y de ojos negros. La azafata me trajo un zumo de naranja.


“Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano es un libro donde se explica en una prosa oceánica que todos los rinocerontes de Europa y EEUU pueden ser lanceados y trinchados por todos los campesinos de Sudamérica. El sur de América sigue teniendo las venas abiertas y últimamente existen emperadores que vierten química terrorista cuando la sangre brota de la herida. Mi viaje precisamente debía consistir en infiernarme en las profundidades de los bosques para ver tan de cerca la herida, el invisible canibalismo, la sangre, los pies descalzos y los rostros plateados de dolor. A mi lado, en el avión, una jovencita francesa estaba leyendo una revista de colores, donde un vestido de mujer delgada podía tener el mismo valor que cincuenta semanas de un indio silvicultor en un cafetal de Brasil.


(De “Los pies de Alejandra”)

 

El día en que me encontré por primera vez con Mathilde Rhys fue en la manifestación de Florencia que se había convocado durante la inauguración del Foro Social Europeo, un día sin lluvia y los amores amarillos. Cerca de un millón de personas marcharon sobre la ciudad para reverdecer al mundo de un futuro de paz y mundialización total, única, humana, social y milenaria. Otoño de 2002. El mundo, entonces, estaba consistiendo en el aseo de una nueva aristocracia política que impedía que la ciudadanía, ese camagón en donde los hombres, desde la altura de la muralla, anunciaban ese extraño, pero real y verdazul comienzo de las ciudades, las nuevas ciudades en donde los niños estaban dejando de ser dibujos animados, la ciudadanía, decía, era una multitud valiente y libertaria. No llovía en Florencia, pero una mitología de agua y tumulto andaba las calles como si aquello fuera el tiempo en que a alguien, nuevamente, se le ocurría la leyenda de Jesús. El hijo de José, allí mismo, entre las banderas blancas del Gobal Citizen, fumaba un cigarrillo Camel y decía en voz alta el nombre exacto de los que debían ser animales prohibidos en la Tierra. Jesús, hijo de María y José el carpintero, chegevariano antes de Ché Guevara, había vuelto de la historia para hacerse marxista y ecologista y madre argentina y campesino de Brasil. Cristo, dios fumando, el cual llevaba botas de cuero y pañuelo palestino en la cabeza, iba al principio de la manifestación, tras la pancarta que anunciaba un mundo sin guerras y sin tersas injusticias.

Yo, que llevaba un libro de Pepa Roma en el bolsillo, vi a este chico de 33 años, moreno de piel y con una pierna amputada, a punto de ser golpeado por las brigadas militares y azules de Silvio Berlusconi. El negro Jesús, evangelio y cocacola, semejaba estar trenzado por la tristeza, crecido en llanto, cruelmente silenciado, civilmente apátrida de sí mismo. Paró Jesús a tomar una pizza en un bar cerca de un banco nacional y fue allí donde pude acercarme a él e invitarle a una cerveza. Sonaba en el bar una música de Manu Chao y jóvenes con máscaras y banderas chegevaristas escribían sobre unos cuadernos palabras, según acerté a ver, que hablaban no de revolución sino de una nueva geometría de amor. Fue entonces cuando alguien, una mujer, se puso a mi lado y me dijo, con acento argentino, que si yo era español.


(De “La vanidad de Mathilde”)




Trillo a la vez tomaba coca o anfetaminas porque quería ser un beat, quería ser Keruac, ya se ha dicho que Trillo quería ser escritor, pero antes tenía que ir de escritor, por lo tanto había que consumir droga, como lo hizo
Rimbaud, Baudelaire, Huxley, Burroughs, Artaud, Henry Miller, Gérard de Nerval, Poe, y tantos otros,. Trillo era un mitómano y para él la cultura era pura biografía. Cuando visitaba alguna ciudad en la que estaba enterrado algún artista célebre acudía al cementerio para escupir sobre su tumba. En su casa tenía cientos de biografías de cientos de artistas a los cuales él amaba u odiaba. No leía otra cosa: biografía. Por otro lado, él lo único que estaba intentado hacer con su vida no era otra cosa sino eso: biografía, lo que todavía no se había dado cuenta es que le faltaba lo más importante: la obra.

Al día siguiente, cuando el arrestado hubo podido conciliar un poco el sueño, una voz ronca lo despertó: “Felipe Trillo, arriba”. Al principio no cayó en el error, JJJJJJJJJ pero luego se lo dijo al policía: “que yo no me llamo Felipe, sino Rogelio, Rogelio Nieves”, “Sí, cabrón, entonces, ¿por qué en tu pasaporte pone Felipe Trillo, listo?, esto te va a costar caro, por falsedad de datos. Venga sal de ahí y arriba.”

Lo subieron a la zona donde le toman las huellas dactilares y donde le hacen una fotografía para que quede constancia en los archivos de la policía. Durante todo ese tiempo, Felipe Trillo siguió mostrándose violento y sobrecargado de ira. Tocó el culo de la agente que le tomaba las huellas, le indicó con el índice levantado que ése era el dedo con el que le penetraría la vagina, empujó varias veces a los guardias que le custodiaban, hasta que finalmente volvieron a esposarlo. Esto estaba ocurriendo cuando llegó un inspector de la policía municipal y en la puerta misma de la zona de seguridad le leyó el informe que sobre su persona se había redactado. Entre otros asuntos venía a comunicarle que se le acusaba gravemente de disturbios de orden público, de atentado contra las autoridades de orden público (“esto es lo peor que vas a llevar, amiguito,” intercedió el inspector), falsedad de identidad y tenencia ilícita de drogas. “Con esto ya vas más que arreglado”, dijo el inspector, un joven muy cuadrado de hombros, impecable en el vestir, guapetón de cara, al que se le notaba que la profesión la lucía en el espejo. “Una abogada de turno te está esperado en esta habitación”. Y le abrieron una puerta. >>>>>>>>>>>>> Tras ella, se levantó una mujer guapísima muy bien arreglada que al momento le tendió la mano a Felipe:

-Hola, soy Marta Nevares, tu abogada.

-No quiero abogada.

-Bueno, escúchame un momento y vamos a ver cómo podemos arreglar esto. Verás, de todos los delitos que se te imputan, el más grave es el de “atentado contra las autoridades de orden público”.

-Pero qué atentado ni qué hostias, ni que fuera yo un terrorista.

-Ya sabemos que no lo eres, pero resulta que a un agente del orden público, según las ordenanzas, es que ni se le puede rozar.

-Sólo fue un empujón.

-Ya, pero ellos se agarran a eso para darte, si te sirve la expresión, por culo todo lo que puedan.

La abogada, para Trillo, que no se había sentado en su asiento, sino que permanecía de pie apoyada en la mesa, era tan bella como las colinas del Kilimanjaro, los pechos se le podían sorprender por encima de la blusa y uno se podía imaginar todo tipo de proposiciones masturbatorias. Tenía el pelo suelto, castaño tirando a rojo, y unos labios tan finos que podía besar una manzana y nunca cometer el pecado original. Por entre la falda ceñida dejaba ver unas piernas que podían embellecer, cual si árboles, las plazas de Dresde, y sus manos eran tan finas que si la saludabas te podías quedar con ellas. Fue directa al grano.

-Verás, Felipe, voy a serte sincera, por lo que has hecho, puedes ir a prisión. Esta misma tarde tendremos juicio y el juez decidirá. Como única baza tengo la atenuante de que ibas completamente ebrio y que no sabías lo que hacías, hecho que dice mucho a tu favor, pero sobre todo, Felipe, y te lo ruego, porque me han llegado quejas por tu comportamiento en la comisaría, debes mostrarte tranquilo y dejar ya la pataleta para ayer noche, que ya fue bastante. Eine Hausnummer ist die Bezeichnung

Felipe, desde su silla, quedó en silencio, pasó un minuto y siguió en silencio,


(De “Nunca comas con tenedores”)


Sobre los tejados de las casas de Nazaret caía una luna blanca que parecía el nacimiento de un mito. Nazaret dormía casi en silencio mientras los ganados balaban y los perros aullaban. Era más tarde de la medianoche. Nadie se veía por el pueblo, quizá algunos hombres que volvían de la casa de otros judíos. Hacía tiempo que por Nazaret no se veía a ningún extranjero. Todo el mundo se conocía y rara vez ocurría algún problema sin que nadie se enterase. Las casas de Nazaret olían a incienso y arcilla, a pan y a nardos. Los hombres del pueblo se ocupaban de las tareas del campo, de la siembra del trigo y de la vid y sobre todo del ganado, del cual vivían durante todo el año. La carne de los cabritillos y de las terneras alimentaba sobradamente a los niños y ancianos del lugar hasta saciarlos para que pudieran mirar poderosamente la luna.

Nazaret, tierra de armonía y risa del Rey David, pueblo judío cerca del monte Tabor, allá donde los enfermos se cuidaban muy despacio, con piedad, sin milagros, con profetas, silenciosamente, allá donde la muerte llegaba con un rito evangélico, como una mordedura de serpiente, como si los palacios se abrieran para siempre, era un pueblo en calma. Cuando el dolor llegaba, nadie podía evitarlo, porque vivir consistía en ir hacia los desiertos amarillos. Pero existía en Nazaret, como en tantos otros lugares de Galilea, la fe y la esperanza, la creencia en un Dios que aún debía de manifestarse, según decían los ancianos. La oración y la plegaria eran la materia inagotable que endurecía al pueblo israelita ante la dureza y la miseria de la vida. Había que existir mirando siempre hacia delante. No recrearse en el sufrimiento. La risa de los niños por las calles de Nazaret devolvía al mundo una brizna de felicidad.

(De “Jesús el blasfemo”)



1

JULES LAFORGUE

O

LA HOJARASCA DE OTOÑO SOBRE LA ESTACION DE LOS TRENES PERDIDOS DE 1887


Do not go gentle into that good night…

No entres amablemente en esa buena noche…


Dylan Thomas



Corbière aquella noche escribió poemas con los niños terribles, pero nadie fue a escucharle a las plazas públicas. Todos estaba cumplido. Complainte des journées . Y la estación de los trenes perdidos esperaba a Jules Laforgue, que venía de la rúe Hautefeuille en que nació Baudelaire, quien iba a su espejo a mirarse llorar, regarder pleurer, dentro del Museo Carnavalet, donde todo ha quedado para la historia, en una noche azul y fría de diciembre, en el concilio de las hadas, mientras ocurría todo el taladramiento de las palabras simbolistas, el matiz, no el color, Verlaine, virgen loca, Lassitude, en el café de los Decadentes, en el ajenjo de las prostituciones, dibujo por Heidbrinck, mientras las calles de París se estaban preparando para la arquegoniada de las palabras que vendría del surrealismo, desde Rimbaud, en el arpón certero y atroz de Reverdy, en el atrincheramiento del coñac celeste de Alexis Léger, junto al color de la papaya y el hastío, siempre llegando desde Wittgenstein, de los encuentros con Adolf Hitler, en las conversaciones de 1938, tras los whiskies de Derso y Kelen, Y la palabras traídas por Laforgue y sus trenes perdidos en la cabalgadura invisible y centauro de Heidegger, que fue el cocimiento de las hojas muertas de Nietzsche, loco de amor por la palabra amada de amor muerta, y la sintaxis como facultad de alma de Paul Valéry, en un juego deconstructivo derridiano antes de que Derrida hubiera leído a Laforgue en la rúe Fontaine de París, en el café de Los Decadentes, donde Verlaine iba a beber ajenjo junto al albatros de Charles Baudelaire, antes de que L´être et le néant de Sartre crepitara ante el espíritu de los pájaros malvados junto a la mente, la libertad y el desprendimiento, pero Sartre no fue un gran filósofo, acaso una pintura de Richter, una ironía de T. W. Adorno, una escritura total evolucionada desde Flaubert pero sin Flaubert y sin la escritura total, sólo un punto de vista psicológico no muy bien entendido, por culpa del whisky y de Simone de Beauvoir, pero, volviendo atrás, llegamos a la palabra, redescubierta en Aragon, de Isidore Ducasse, que vino de Uruguay de trenzar los vientos con ropas chapadas por Jorge Manrique y llegó hasta Lutéce, la revista de Verlaine y sus poetas malditos, y el frío que matizaba París todas las mañanas de 1885, antes de que la tuberculosis rompiera la sangre de Laforgue y antes de que la hojarasca cubriera el cuerpo de Jean Moréas, después del parnasianismo, después de la pintura de Laermans, entre Les trophées de Hérédia y una suerte de aversión por los coches de caballos ebrios de crepúsculos y ritmos cristianos, cuando los ojos del mundo empezaban a desaparecer tras el miedo que producían los monstruosos símbolos de la denudación de los cuerpos tras la ingestión del mar y de las rosas de los jardines de Théophile Gauthier. ¿Está en mármol, o no, la Venus de Milo?, y los 5 céntimos que costaba le roman inédit de François Coppée, mientras la noche caía, con su temblor de mujer napoleónica, sobre los tejados de París, y Leconte de Lisle, que traducía a Homero, Hesíodo y Platón, y el cartel de Th. H. Steinlen, y Sully Prudhomme, que debía en el horror mecerse sin fin, y, por los arrabales de Monmartre, un invierno de Dios y decadencia en el deslizamiento de todos los poemas que se desladrillaban desde una literatura de gas último y de leche para encontrarse todas las tardes de Rimbaud con el ballet del whisky y los monederos de los cementerios, en la sublimación del arte, cansado de tabaco, estimulado de castillos, fascinado de lejía, perpetrado de tempestades con uñas, hundiéndose en el estilo de Hegel, cargante de harinas escolásticas, vivo de calles nocturnas, vida de poetas, Laforgue, bajo la hojarasca y Dylan Thomas entrando amablemente en la noche.


(De “El brillo de los portaaviones de 1952”)


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