TEATRO INÉDITO



(Entra en escena Boris Pilniak. La acción se desarrolla sobre el silencio de una librería, en la cual dan nacimientos distintos personajes que vigilan los libros como si fueran el asesinato de los días. Entre estante y estante está Aldo Palazzesschi, que tiene entre las manos un ejemplar de Konstantín A. Fedin, quien muere en las hojas como un piano sin lugar para la nevada).


Boris Pilniak
No sé a qué océano acudir

Aldo Palazzesschi
Acude a las aguas que hay entre tus manos

Boris Pilniak
(moviéndose hacia la zona de filosofía)
Pero las zonas ya son demasiado oscuras

Aldo Palazzesschi
Pero si tú eres luz entre temblores de infiernos.

Boris Pilniak
Ah, Aldo, tú sabes que estoy ebrio como el whisky.

Aldo Palazzesschi
(ofreciéndole un libro de Serguéi A. Esenin)
Toma esto y enséñatelo a tu madre.

Boris Pilniak
(sentándose en una butaca que hay en la librería)
Mi madre no sabe quién es Esenin.

Aldo Pallazzesschi
(sentándose a su lado)
Tu madre conoce toda la mitología que te rodea.

Boris Pilniak
Quizá mi madre es un mito.

Aldo Pallazzesschi
En efecto, quizá tu madre sea un mito para ti.

(Los dos se quedan leyendo dos libros mientras entra la música suavemente, aunque con cierta inquietud).


(De “El amor de Boris Pilniak”)




ACTO 1


ESCENA 1

(Se oye durante todo el Acto el sonido del piano, una música suave, pero distorsionada, de ordenador, aunque el pianista no toque, que ahora empieza tocando y eructando, dándose tiempo. Todos los demás personajes están en escena tal y como han sido descritos pero en absoluta oscuridad. El foco de luz sobre el pianista que se levanta alzando los brazos, como esperando algo -la música se detiene-, luego se sienta y sigue la música. Hace una noche estrellada hermosísima. Arriba la luna llena habla.)


Velemir Jliébnikov
(en un tono más bien suave)
La revolución trajo leche a los niños y a las mujeres

(Sigue el sonido de la música que ahora se ha distorsionado convulsivamente. Jliébnikov sigue eructando y ahora canta una vieja canción rusa, como añorando el pasado. Cuando acaba se levanta del piano alza los brazos –se para la música- y dice)

Velemir Jliébnikov
Creímos que el marxismo iba a encender los parques, que Lenin nos iba a llenar de agua el corazón, que los hombres iban a construir sus ciudades con sus fábricas y su cultura, con su esfuerzo y su experiencia, pero vino una tromba de agua y todo se lo llevó, hasta la momia de Lenin, todo se lo llevaron.


La Luna
(que en seguida se ilumina con una cara dibujada de paz y alegría)
Todo no, quedó el viento y el frío y el amor por las madres


Velemir Jliébnikov
(asustado)
¿Quién habló? ¿Quién me está hablando? ¿Acaso me estoy volviendo loco que oigo voces del pasado? ¿Será verdad que los tiempos de Stalin afectaron tanto a los trabajadores de una mano? Ah, madre, devuélveme al hijo que fui que ya perdí mi tierra y en América sólo encuentro escaparates de modas y campos de fútbol.

(Se oye desde el fondo la voz de John Waters, que mantiene una reunión en la Organización de Naciones Unidas, sobre la gran mesa una botella de Johnny Walkers con un vaso del que va bebiendo y varias rayas de cocaína de las que de vez en cuando va esnifando. La luz se deposita sobre John Waters, sin oscurecer al soviet Velemir, que queda tocando el piano)


John Waters
(Hablando en voz alta, como si alguien le escuchara, ese alguien es sólo un pequeño negrito, que se llama Mohamed Alquid, al otro lado de la mesa, que no está sentado, sino de cuclillas sobre la silla)
Supongo que no les haya extrañado que nuestras multinacionales hayan subido las cotizaciones de la fabricación tecnológica, que nuestras empresas madereras estén dejando sin árboles los bosques hispanoamericanos y que hayamos bajado a diez años la edad correcta de venta de armas. Todo por un mundo mejor.


Mohamed Alquid
(con la voz tímida y con acento sudamericano)
Pero, señor, si bebe tanto whisky va a bombardear Francia dentro de media hora y si sigue fornicando con niños le van a obligar que firme el tratado de Kioto.

John Waters
(esnifando y bebiendo)
¿Quién ha hablado? ¿Quién ha tomado la palabra sin yo permitírselo? Señor presidente, calme a la mesa, controle el turno de palabra. ¿Qué se han creído? Sin Norteamérica no hay nada, ni niños, ni jabón, ni aire, ni guerras ni música, nada.

La Luna
(que ha quedado todo el tiempo iluminada)
El neoliberalismo sólo sirve para agredir a los hombres. El Estado del Bienestar es falso, porque maneja a las familias ante un televisor y Estados Unidos es la culpable de que el Fondo Monetario Internacional siga devorando con hilo de taladro a los países pobres.

John Waters
(cada vez más asustado y gritando, esnifando y bebiendo)
¿Pero quién habla? Oigo una voz lejana, como venida del cielo, pero ¿de quién se trata? ¿Acaso el whisky de los judíos, siempre jodiendo? ¿Será mi misma voz en mala conciencia? ¿Serán los zapatistas, los islamistas, los castristas, los ecologistas, los oeneogistas, los tibetanos, los palestinos, los movimientos sin tierra, los indigenistas, los pacifistas, los antiglobalización, la contracultura, la banca ética y el comercio justo, los medios de comunicación global…? ¿Tantos enemigos tenemos alrededor del mundo? Yo me quiero ir a mi casa.


(De “La Transformación de Igitur”)


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