LOS VIAJES

Emilio Arnao ha realizado a lo largo de su vida significativos viajes. Ya cuando apenas tenía veinte años ahorró dinero trabajando en una empresa del aeropuerto de Palma para viajar a Marruecos, solo y con una mochila a sus espaldas. El viaje fue maravilloso y amargo a la vez. A partir de ahí ha utilizado la aventura de viajar para luego poder escribirla y no ha habido prácticamente escapada que no tuviera su correspondiente poemario o novela. Así ocurrió en Libia, donde redactó un libro de versos exactamente en el cuatro por cuatro que les conducía por el desierto, titulándolo “Poemas del Toyota”. En Cuba, además del ron y las mulatas, sacó la gran influencia de esa gran isla, con su maravillosa gente, la cual a pesar del “periodo especial” (Castro) no había mañana que reventaran el mundo con la alegría y una forma distinta de enfrentarse a la vida. Arnao se enamoró de Cuba, viaje que repitió en varias ocasiones y donde conoció a Betty, una trabajadora de un laboratorio de químicas, seria y divorciada. Hubo viajes a Turquía con amigos del colegio en donde impartía clases y en donde le partieron el dedo gordo del pie derecho en unos baños turcos. Hubo viajes a Londres con un amigo de la universidad, Teo, un viaje muy cansado, pues se dispusieron a verlo todo en tan pocos días. Hubo viaje a París, donde Arnao, biografía en mano, celebrándose el aniversario de la muerte de Arthur Rimbaud (1991) buscó todos los sitios por donde anduvo el poeta y, verdaderamente, encontró algunos, digamos que dos o tres, suficientes. Hubo viajes de nuevo a Marruecos con otro amigo de la facultad, Willy, esta vez más satisfactorio, con hachís y pueblos lejanos. Hubo viajes a Holanda, con María, un amor (mayor en edad ella que él) que acabó mal, muy mal. En definitiva, el viaje para Arnao ha servido para una profundización en sí mismo, para un conocimiento interior (como cualquier viaje) y como una forma de redactar la vida.


Fotos de los viajes

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